Espinas, cadenas, flagelaciones y sangre son las señas de identidad de la Semana Santa de Taxco, una tradición colonial que se remonta a 1598, donde la culpa y la expiación son llevadas al extremo

Los llamados Encruzados, desfilan con la cabeza tapada por una capucha negra que apenas les deja respirar. Portan un fardo formado por 144 varas de zarza llena de espinas, que pesa entre 70 y 80 kg., y mide casi 2.5 metros de largo. La zarza espinada se amarra y clava contra sus hombros y brazos extendidos.

Los Flagelantes, con el torso descubierto, cargan una pesada cruz de madera, un rosario en una mano y en la otra una disciplina con la que se flagelan continuamente. La disciplina es el instrumento de tortura con el que mortifican y latigan sus espaldas, una cuerda de aproximadamente un metro y medio de largo, que en sus extremos lleva un alma de plomo, en el que se insertan 170 clavos de media pulgada y que finalmente se cubre con hilo de crin de caballo

Los más de 30 grados pesan sobre los cientos de personas que se agolpan en las estrechas y empedradas calles del pueblo, atraídas por la fe, pero también por el morbo de ver una procesión de torturas autoinfligidas, socialmente permitidas y aceptadas: entre olas de flashes, los extranjeros parecen estar en un parque de atracciones y los niños, incrédulos, intentan entender las impactantes y dramáticas imágenes.

Caminando como almas en pena, las Ánimas van cubiertas de negro, descalzas y completamente encorvadas. Algunas llevan en sus antebrazos un crucifijo de madera y un rosario; otras, cirios encendidos en ambas manos. Atadas a sus tobillos, arrastran cadenas de hasta diez kg., produciendo un sobrecogedor y tétrico sonido.

Tras cinco horas de procesión, que recorre todo Taxco, las espaldas de los penitentes quedan maceradas y sangrientas por los azotes, el peso de las cruces y las zarzas dejan la particular huella del sufrimiento y de la expiación de los pecados, en este impresionante y polémico espectáculo.

show thumbnails